POSTALES DESDE OTO
MOMENTOS
Mañana del lunes 1 de junio de 2009.
En las cercanías del colegio Pedro I empieza a haber movimiento: a las nueve está prevista la salida de los tres autobuses que llevarán a Oto a ciento once alumnos de convivencias. Se oye el rodar de enormes maletas sobre las estrías de las baldosas. Las aceras se convierten en un hervidero. Nervios e ilusión a partes iguales. Poco a poco todo el equipaje va encontrando su sitio. Últimos consejos y la duda de si no se ha quedado olvidado algo de la lista. Para los de tercero la experiencia es nueva. Los de quinto ya saben a dónde van, son los expertos. Los autobuses se ponen en marcha. Adiós a los padres, que quedan abajo agitando las manos.
Tarde del lunes, 1 de junio.
Bajo el porche semicerrado que sirve de comedor, los alumnos ocupan las mesas. Están sentados de seis en seis y los puestos los mantendrán durante todas las convivencias. El silbato impone silencio y escuchan las normas que van a regir en los próximos días: convivir, ayudar, ser responsables, obedecer y disfrutar. Cada mesa tendrá un encargado de limpieza y servicio en cada comida: buscar el pan, el agua, limpiar la mesa y barrer son sus funciones. Algunos se olvidan: su mesa sin limpiar lo denuncia y hay que llamarlo. Otros pelean con la escoba, para ellos instrumento extraño difícil de manejar. O con los restos de comida que siguen una y otra dirección sobre el tablero sin encontrar un destino. Mientras, los compañeros están fregando. Actividad en la que muchos se estrenan: para adelantar y no tener que esperar el estropajo y el jabón, dan unos toques con la mano bajo el agua y así consiguen extender la grasa por todo el plato de forma homogénea. Estos no pasan la inspección y deben regresar a hacerlo bien. Tampoco la pasan los que dejan la espuma adornando el plato.
Noche del lunes, 1 de junio.
Es hora de dormir y las casetas están esperando. De las enormes maletas han ido saliendo prendas de vestir que empiezan a mezclarse de forma peligrosa. En general se aclaran recurriendo al truco de meter en ellas todo: si no se ve parece que está ordenado. Son más de las doce y la jornada ha sido larga, los profesores apagan las luces y mandan silencio. Comprueban caseta por caseta que todo va bien. La noche, para algunos será corta: a las seis y media ya están levantados y jugando. Primeras sanciones.
Mañana del martes, 2 de junio.
La piscina es uno de los alicientes del campamento. Un agua límpida, de un azul celeste en el que se refleja Mondarruego y las torres de Oto la hacen realmente atractiva. El agua está fría, muy fría, pero en grupo se es valiente. Se entra en calor gritando. En el pueblo saben muy bien cuando llega la hora del baño: los gritos se amplían con los ecos por todo el valle.
Mañana del miércoles, 3 de junio.
Es la marcha a Torla, hora y media de subida por un sendero precioso. Antes se ha abierto el banco, algunos no dudan en sacar lo que les queda. Otros calculan y esperan a ir a Broto. Hace calor y es necesaria la gorra. Poco a poco, la senda se empina, hay tramos con barro y agua que hay que salvar saltando de piedra en piedra. Entre ciento veinte caminantes es lógico que algunos metan "la pata" y acaben con las zapatillas de color barro. Cuestión de probabilidades. Por cierto, los hay grandes y chicos.
Tarde del miércoles, 3 de junio.
El campamento ha cogido su velocidad de crucero. Los grupos se organizan para avanzar en las competiciones sin intervención de los adultos. Apenas hay conflictos. Mientras unos juegan al fútbol y son jaleados por sus admiradoras, otros están con el parchís, el ajedrez. O en los talleres. Se forman grupitos para conversar, para investigar. Llama la atención la capacidad organizativa que tienen cuando se les dan responsabilidades y cómo se ayudan unos a otros.
Noche del miércoles, 3 de junio.
Rodeado por unas gradas hay un lugar para encender el fuego de campamento con la leña recogida en el bosque por la tarde. Iluminados por las llamas se ven los rostros risueños de quienes escuchan los chistes. Es un momento mágico: los alumnos los van contando de forma espontánea, sin haberse preparado. Son chistes graciosos, de buen gusto. La luna, que parece querer participar, ilumina desde lo alto la escena.
Mañana del jueves, 4 de junio.
Hora del desayuno. Sentados a las mesas los alumnos esperan con caras de sueño. Además de los alimentos están las medicinas: hay unos cuantos alumnos que deben tomar jarabes o pastillas en las distintas comidas. Isabel se encarga del reparto siguiendo un cuadrante para que nadie se quede sin su medicación.
Noche del jueves, 4 de junio.
Los pronósticos se cumplen, hacen acto de presencia las nubes y la lluvia, justo cuando queríamos salir a hacer la marcha con linternas. Llueve y nos retiramos a ver fotografías. Hacemos tiempo. Cuando está empezado el cuento "El pescador y la sirena", nos interrumpen y animan a salir. Nervios. Ha habido una lluvia de chucherías por todo el recinto del campamento y hay que buscarlas. Los ciento once alumnos se desparraman en locas carreras para encontrarlas antes que los demás. Hay quien encuentra dieciocho paquetes. Otros, menos. Pero luego, una vez todos juntos, hay un reparto para que nadie se quede sin unas cuantas.
Mañana del viernes, 5 de junio.
Los profesores y cocineras despiertan a los alumnos cantando y tocando los tamborcillos que han hecho en talleres. Ponen caras extrañas, de sorpresa. Casi las mismas que pondrán el sábado, cuando sea una máscara negra y una voz cavernosa quien los saque de los sueños. Al abrir los ojos miran con incredulidad, sin saber si asustarse o no.
Tarde del sábado, 6 de junio.
Los padres esperan en el mismo lugar que ocupaban en el momento de la despedida. Caras alegres. Reencuentro tras la separación, han sido sólo seis días pero los encuentran cambiados. Todo ha ido bien.



