Luciano Puyuelo firma libros ante la atenta mirada de su nieta.
UN BUEN LIBRO, DE UN BUEN AMIGO
Mi llegada a Pozán de Vero como maestro coincidió en el tiempo con el regreso de Luciano y Meli a Castillazuelo. Tras muchos años en Barcelona, ciudad a la que habían marchado por razones de trabajo, volvían a su querido pueblo natal. Persona inquieta, inteligente y amante de la cultura, Luciano se ofreció desde el primer momento para colaborar con el periódico escolar "VERO" que editábamos en la escuela en colaboración con la Asociación Cultural de Pozán. Con posterioridad empezó a publicar artículos en "El Cruzado Aragonés", y ahora, en una feliz iniciativa se ha editado una recopilación de algunos de esos escritos. Imprenta Moisés ha hecho un libro atractivo a la vista y al tacto, tiene un bonito título y la imagen de portada contiene elementos que nos anuncian el tono de lo que leeremos: bajo unos frondosos laureles, un banco invita a sentarse, coger las gafas (quienes las necesitan) y ponerse a leer el libro que sobre él reposa.
Los artículos pueden partir de algún hecho reciente o de un recuerdo lejano, pero siempre son temas que nos resultan cercanos. Luciano busca en ellos lo que la vida nos enseña, una vida que para ser llevadera ha de estar basada en la amistad, los buenos sentimientos y el contacto con la naturaleza. Tiene a menudo notas de un humor muy aragonés, toques de localismo y mucho tacto al abordar temas complicados. Es un libro para tener a mano e ir leyendo y releyendo los textos que, escritos en una pulcra y sobria prosa, transcienden lo particular para tratar de hacernos mejores a quienes los leamos.
Uno de sus textos, incluido en el libro (Página 44) que nos envió para el periódico escolar "VERO"
CARTA ABIERTA A LOS NIÑOS DE LA ESCUELA DE POZÁN DE VERO
Estimados -o mejor aún - queridos amigos:
Vuestro maestro D. José Antonio, amablemente, me ha pedido colaborar una vez más en el ya acreditado periódico escolar "VERO". Me honra la invitación y accedo gustoso porque, además, en este número tratáis un tema apasionante y entrañable: "la antigua Escuela".
Como "VERO" es una publicación hecha en su mayor parte por niños y dirigida especialmente a niños, sobre la Escuela os voy a contar lo que podría ser un cuento. Que no lo es si por cuento entendemos algo irreal o inventado. Lo viví yo hace muchos años -más de sesenta- pero fue real y en mi alma infantil dejó una huella que perdura en la memoria y a veces ha reaparecido animando mis sueños.
Es un cuento hecho de amor, fidelidad, amistad y podría titularse: "El niño y el perro que iban a la Escuela".
Yo nací en Castillazuelo en una época en la que la edad escolar de un niño comprendía de los 6 a los 14 años. Eran tiempos de escaseces, de carencias materiales de todo tipo, pero por contra abundantes en ilusión, esperanzas, diversiones sencillas, amigos. Muchos amigos. Entre ellos yo tenía uno muy especial y querido: mi perro Flandes.
Por circunstancias personales y familiares que no vienen al caso, a la Escuela de Castillazuelo yo solo fui de los 6 hasta los 10 años. Cuando iba a cumplir los 11, me llevaron a Huesca a las pruebas de ingreso en el Bachillerato y a partir de ahí tuve que ir a la escuela de Barbastro.
Por cierto, que igual que yo, tres o cuatro amigos de Castillazuelo aprobaron también el examen de ingreso, sin otra preparación que la que nos había impartido el maestro Don Simón. Lo que confirma que, con voluntad e interés y aprovechando el tiempo con un buen maestro, se puede aprender y prepararse en el pueblo como en la ciudad.
Bien, pues como os digo, de esos cuatro años de mi escuela primaria guardo muchos y maravillosos recuerdos, pero hay uno que prevalece y destaca como algo particularmente hermoso e imborrable: mi amistad con el perro Flandes.
En mi casa, como en casi todas las del pueblo, siempre ha habido un perro: cazador, guardián, de compañía... Aquél era todo eso y algo más. No es fácil de explicar, pero de todos los que hemos tenido en casa Flandes fue un caso aparte.
Tenía unas predilecciones muy marcadas y definidas, y en su escala de preferencias, el primer lugar lo ocupaba sin duda mi padre. Pero sólo para una cosa: para acompañarlo al monte. Todos los días y horas que mi padre se iba a trabajar al campo, el perro se iba con él y no lo abandonaba hasta que regresaban a casa.
A partir de ahí el preferido era yo. Me seguía, me lamía y acariciaba, se echaba a mis pies, no me dejaba ni a sol ni a sombra y dormía siempre junto a mi cama. Pero lo mejor era que me acompañaba a la escuela.
Los días que mi padre no iba al campo, Flandes se enteraba antes que yo. Ya en el desayuno se ponía junto a mí y tan pronto yo cogía mi cartera con los libros, dando saltos de alegría, hacía conmigo el camino hasta la escuela. Lo mismo si llovía o hacía frío. Y no como mero acompañante, no; era mi ayuda y escudero, pues cogía la cartera entre los dientes cargando él con el peso.
No subía conmigo a la escuela porque él sabía que aquél no era su sitio y no le hubieran permitido entrar, pero no por eso me abandonaba. Al llegar a la puerta me daba la cartera y él se sentaba o echaba en la acera, junto a la entrada y allí se quedaba esperándome hasta que yo salía para volver a casa. Los quince o veinte minutos de recreo que el maestro nos dejaba bajar a correr por la plaza no contaban para Flandes, pues seguía echado en su sitio hasta la hora de ir a casa de verdad.
Pero llegó un día... Ese día fatídico en el que suelen ocurrir las desgracias, tuvo lugar el accidente que enturbió mi felicidad y truncó la amistad y el querer de dos amigos.
Era ya al anochecer y mi padre volvía del campo. Correteaba el perro a su lado cundo de pronto se cruzó, o apareció en el camino sin saber de dónde, otro perro mucho más grande y agresivo que, sin previa provocación o motivo aparente, se abalanzó sobre Flandes arrollándolo y mordiéndole salvajemente. Mi padre corrió en su auxilio y con un palo que llevaba en la mano intentó castigar y ahuyentar al terrible agresor. Era en vano, éste no cejaba ni soltaba a su presa.
Ante los aullidos lastimeros de Flandes que se sentía perdido bajo la feroz acometida del gigante, mi padre redobló los golpes con el palo, casi a la desesperada, con tan mala fortuna que uno de esos golpes, en el revoltijo que formaban los canes, alcanzó a Flandes causándole una grave herida en el ojo derecho.
Por fin mi padre, no sin riesgo de ser mordido también, consiguió rescatarlo con vida de las fauces de aquella fiera, y aunque magullado y malherido, lo llevó a casa para curarlo.
Le prodigamos cuidados y mimos sin cuento, pero el animal que se negó o no podía comer, poco a poco fue debilitándose, la herida del ojo hizo que perdiera la visión, y finalmente murió sin haber recuperado la alegría y viveza que lo habían hecho un perro maravilloso y excepcional.
Como he dicho, ha pasado mucho tiempo, la huella que aquellos años de la primera escuela han dejado en mí es imborrable, pero los recuerdos de esa etapa infantil de mi vida, siempre van asociados a aquél fiel e insustituible amigo que fue mi perro Flandes. El me dio las primeras lecciones de lealtad y amistad sin condiciones.
Luciano Puyuelo




