
Del aburrimiento al ensimismamiento.
Aburrimiento. Siendo un infante el que escribe, acudió una tarde de domingo al Cine de los Escolapios a visionar la proyección de una película, de la que únicamente quedó el recuerdo de unas hermanas jóvenes, pálidas, altas y delgadas. Al menos dos de ellas vestían de oscuro. El ambiente era cerrado, sofocante y lúgubre. Aquella visión quedó grabada de modo indeleble en mi cabeza. ¡Qué asco de película¡, me dije. Se titulaba “Las Tres Hermanas”...
Intermedio. Pasados los años, y ya en la juventud, un día cualquiera, leyendo el periódico del día en el apartado de Cultura hacía referencia a la obra de Chejov, nombrando entre la misma una teatral llamada “Las Tres Hermanas”. No tenía sino que leer dicha obra y comprobar si se correspondía con la del trauma infantil...
Preludio del ensimismamiento. La lectura de la obra de teatro, ya en edad adulta, me pareció todo lo contrario de lo que sentí viendo la película siendo niño. Así que me quedé con las ganas de ver la obra en su representación teatral...
Ensimismamiento. El pasado viernes, 07 de diciembre de 2007, La Fundación Municipal Teatro Gayarre y Centro Dramático de Aragón representó "LAS TRES HERMANAS" de Antón Chéjov en el Centro de Congresos.
(Vicino)
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Lo que vimos.
Y allí estaba Vicino, y yo a su lado. Creo que estábamos siete personas del Grupo de Lectura. Habíamos leído la obra y acudíamos con la ilusión de reencontrarnos con ella. (La tertulia quedaba lejana, 11 de noviembre de 2005). Nos dijeron que duraba tres horas ¡Uff! Se levantó el telón y quedamos sorprendidos: todo el mobiliario de las distintas escenas colgaba del techo de forma incongruente, desde la mesa de comedor con sus diez sillas, a las camas, mesitas y piano. Expectantes contemplamos cómo los actores descendían los muebles que necesitaban para el primer acto desde el fondo del escenario. ¡Era efectista! Luego comenzó la obra y yo no podía quitar la vista de los que seguían colgando por encima de los actores. Hasta pensaba en la posibilidad de que alguno cayera sobre ellos. Empezó la representación y los personajes que teníamos en la mente comenzaron a tomar forma. El vestuario y la caracterización estaban muy logrados, lo que junto a una iluminación muy cuidada e intimista enseguida nos atrapó a los espectadores y nos trasladó a la casa de los Prozorov, en una ciudad pequeña de la Rusia profunda. Las tres hermanas sueñan con ir a Moscú, la ciudad alegre y mundana, para salir de esa vida aburrida y gris tan bien escenificada. La llegada de militares introduce novedades y un optimismo efímero. Poco a poco la ilusión desaparece, las hermanas han de ir aceptando que su sueño nunca se cumplirá. Chejov nos advierte, como hace Kavafis en su poema Itaca, que lo importante no es el final, que Moscú (Itaca) es la excusa para tener un camino largo y lleno de aventuras plenamente vividas. Las hermanas dejan pasar las ocasiones, y sólo Natasha, su cuñada egoísta y vulgar, se irá haciendo con todo lo que quería. Es una mirada desoladora que Chejov nos hace llegar a través de pequeños detalles en la escena y de lo que adivinamos que sucede fuera de ella, lo que él llamó acción indirecta.
Los actores logran unas interpretaciones excelentes, que llegan a emocionar. Lástima de la acústica: los diálogos que tenían lugar al fondo del escenario llegaban con dificultad a la sala. Junto a la incomodidad de las butacas (¿son pequeñas?), fueron las únicas notas discordantes de una excelente velada teatral.
Chejov (1860-1904) es uno de los más afamados escritores rusos, representante del llamado “naturalismo moderno”. “Las tres hermanas”, “Tío Vania” y “El huerto de los cerezos” son sus textos más conocidos.
(Josan)
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