Acabo de volver de la representación de “La lluvia amarilla”, extraordinaria puesta en escena de un texto que tuvo un enorme éxito. No estábamos muchos en el teatro, parece ser que atrae más la comedia. De todas formas, del grupo de la Tertulia he contado al menos seis. No está mal. Tal vez la lluvia (real) y la palabra “monólogo” hayan echado para atrás a más de uno. Se han perdido la ocasión de asistir a una puesta en escena podríamos decir que literal de la novela, y a un momento de auténtico teatro. Si al principio sorprende la lógica sobriedad del escenario y llama la atención la música exótica de Francis Lumbreras, pronto la interpretación de Chema de Miguel y la belleza del texto hacen sumergir al espectador en la obra, para hacerlo testigo de los últimos momentos de una vida que se acaba, la de Andrés, y con ella la del pueblo de Ainielle.

Asistimos, como si estuviéramos en la cocina en la que Andrés desgrana sus recuerdos, a la elaboración de una caldereta que poco a poco va llenado de aroma la sala, destinada a los hombres que descubrirán su cadáver, al momento íntimo del baño, y a la ceremonia de vestirse el traje con el que quiere ser enterrado. Estamos solos con el actor, con su soledad y tristeza. La iluminación, la música y las proyecciones que sobre una puerta caída vemos reflejadas, acompañan en un ritmo que raya la perfección, al potente y poético texto de Julio Llamazares.

“La lluvia amarilla” (In)constantes Teatro. Versión de Juan Ramón Fernández. Dirección: Emilio del Valle.