Hace ya unas horas que, en compañía de tres contertulios, he asistido en Aparte de lo anterior, se ha comentado acerca de las ediciones de los libros, del fenómeno literario en nuestra sociedad consumista, de la rima, del ritmo..., en fin, puro deleite. He quedado saciado en poco más de noventa minutos de entrega, sinceridad y cercanía de Manuel, Pere y Sergio. (Vicino) .
"...o cuando quedas saciado".
Vicino había enviado las palabras anteriores como comentario, las rescato y pongo en primera línea de este artículo porque reflejan, para mí, uno de los más interesantes momentos literarios del año en Barbastro. Fue el sábado 24 de mayo, a las 12 h. en la Biblioteca Municipal.
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Hizo de maestro de ceremonias, con la naturalidad que le caracteriza y la certeza de estar entre amigos, Manuel Vilas. Presentó en primer lugar a Pere Rovira, uno de los poetas más brillantes en catalán, quien agradeció la “mítica hospitalidad de Barbastro”. Poeta de la claridad, él mismo dijo que hasta en catalán lo entenderíamos. Pere recitó “Reloj de sol”, “Los viejos de la playa”, “Un pino” y “Carta del padre”. Pere Rovira tiene la mirada visionaria de un Don Quijote de nuestros días. Su dicción era un torrente emotivo de sinceridad y ternura.
Sergio Gaspar, fue presentado como editor y poeta, o mejor, como poeta y editor (dilema sin resolver, según Vilas). Tras agradecer la labor que Luís Sánchez está realizando con los premios literarios de Barbastro, nos leyó poemas escritos en 2005 tras la muerte de su madre. Poco a poco la atmósfera fue cambiando; pero él, hábil conversador, no dejó que cayésemos en la amargura o desnuda tristeza: su ironía y humor ácido supieron dibujar sonrisas en aquellos a quienes nos había llevado tan lejos y tan cerca.
Manuel Vilas nos leyó dos poemas: “La lluvia” y “HU-4091-L”. Los leyó con voz potente y tono grave, adecuado para dar seriedad al corrosivo humor de denuncia de sus versos. El primero es sobre la boda de Don Felipe, y el segundo dedicado a su coche “muerto”.
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Copio aquí algunos de los poemas recitados:
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“Los viejos de la playa” (Pere Rovira)
Mar de lejía y fiebre,
mar gris de los que esperan el final.
Caminan junto al agua
con unas piernas blancas, temblorosas,
y ven romper las olas como si viesen sangre.
Edad mala del miedo y la vergüenza,
cuando te hablan a voces, con risitas,
y no puedes probar el vino ni la sal.
Se ahoga el día en una nube negra
y la playa se borra. Los viejos ya se van,
pacíficos, pequeños, inseguros, sin voz;
nos parecen chiquillos cansados de jugar.
Les vemos alejarse, muy despacio.
Suponemos un piso embalsamado,
una cena sin hambre,
las palabras que no saben decirse.
Y no sentimos lástima,
tal vez porque esperamos no ser jamás así.
Pienso en ellos cuando entran en mi cuarto
las primeras arañas de la luz.
Los veo insomnes, quietos,
y huelo el tufo enfermo de sus sábanas.
Quizás en los latidos del silencio
los pobres viejos oyen un reloj
que sólo marca horas que han pasado.
Y pienso que mi padre ya no duerme,
que nunca dormirá,
que está solo en la playa más oscura del mar.
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CARTA DEL PADRE (Pere Rovira)
La mar besándote los labios,
un temblor de eucaliptos, una hoja de menta
tal vez harán sonreír al tiempo
y escucharán preguntas y canciones,
cristales de voz niña,
y verás unos pies muy pequeños borrándose
sobre la arena de una tarde triste.
Tú no sabrás que vienen del verano
más feliz a buscarte. Nosotros no estaremos.
Hará ya mucho tiempo que no estaremos en tus sueños
ni en tu sufrimiento. Y te daremos lástima,
tan viejos, tan absurdos, siempre aún con los libros,
el tabaco y el vicio de tenernos muy cerca,
solos, en esta casa luminosa,
desafiando al invierno;
vivir te habrá robado nuestras vidas de ahora,
no nos recordarás
fuertes y jóvenes, amándote
con un amor, lo sé, que desearías
distinto y que habrá cambiado poco.
Pero el olvido es natural,
y las cosas sólo vuelven cuando quieren.
Que estos versos te ayuden a volver
a una casa feliz en los días peores.
Artículo de Sergio Gaspar sobre edición y premios: http://www.dvdediciones.com/editorial%28no%29es_premios.html
HU-4091-L (Manuel Vilas)
Adiós, hermano mío, la grúa fúnebre te conduce
al infierno del desguace.
Majestuoso, vas hacia la destrucción subido
en una grúa roja,
como si fueses Luis XVI camino de la guillotina,
y yo detrás.
Pareces un rey.
Soy el único que ha venido a tu entierro.
“La lluvia” (Manuel Vilas)
Vimos el Rolls del año 53 con las ruedas blancas
(mil kilómetros en cincuenta años)
en las teles de los bares del barrio del Actur de Zaragoza.
Sostenía en mi mano una copa de vino blanco fría
y ya hacía calor en España,
los hoteles del Mediterráneo estaban de limpieza general,
habitaciones abiertas con camareras esmeradas, esperando
la llegada de setecientos mil ingleses,
un millón de alemanes, cuatrocientos mil franceses,
cien mil suizos y cien mil belgas.
Estábamos con un vino blanco en la mano y los cuellos
levantados hacia el televisor.
No vino Isabel II de Inglaterra: Isabel II
sólo aceptaría ir a la boda del Rey de Francia
y, como en Francia no hay Rey, Isabel II
se queda en palacio para siempre, reclinada sobre el mundo.
Son los súbditos de Isabel II los que aman el sol de España
y la cerveza barata,
los que exhiben la bandera británica en las terrazas
frente al mar de sus habitaciones manchadas.
Crepusculares casas reales venidas
de los rincones más oxidados de la historia
el 22 de mayo de 2004 surgieron en la televisiones de España,
paises nórdicos, lejanos y prósperos, fríos, alejados
de este corazón inacabable.
Rouco Varela cantando la misa.
No vino el presidente de
Lo
El nombre de Dios dicho en voz alta muchas veces.
La terca obsesión en nombrar a Dios, nombrarlo
como quien nombra el poder, el dinero,
la resurrección, la guillotina, la cárcel, la exclavitud.
El emperador del mundo se quedó en América,
ajeno a los ritos menores de sus provincias.
Los enormes paraguas azules.
Levantarse a las seis de la mañana
para que te maquillen, te depilen, te hagan la manicura,
qué felicidad tan grande.
Los grandes desayunos, los cubiertos de plata, el vino
y las colonias bárbaras.
Las duchas gigantescas, las suites, los bombones suizos,
las zapatillas de oro, los eslips de platino,
el zumo de naranja con naranjas atroces.
El lujo y el servicio, siempre gente abriéndote la puertas.
La sonrisa permanente.
Los profesionales de la sonrisa permanente,
esa sonrisa representa el trabajo más inhóspito de la historia.
¿Sonreír? ¿Por qué?
Y Umbral, y Gala, y Bosé, y A., y J., y Ayala, y M.M.
entrando en
a la diestra colocados, los jefes de la inteligencia española,
de la subida española, de la gran crecida.
La gran subida, la gran ascensión.
Y los ciento noventa quemados vivos tuvieron su homenaje,
el absurdo pueblo mutilado, el goyesco pueblo
elemental y monárquico,
el Rolls pasó ante ellos.
Y el expresidente del gobierno bebió Rioja Reserva del 94,
todos los expresidentes de España, con su chaqué, y sus mujeres
en un segundo plano, protectoras, devoradas, confundidas
para siempre, pero felices de haber llegado allá,
allá lejos, allá donde el aire es de oro y la mano coge el mundo,
allá donde España entera quiso que estuviesen
y la legitimidad democrática es un fulgor definitivo.
Las pamelas iridiscentes, los yugos en la cabeza,
los yugos bajo el cielo oscuro.
Y José María Aznar y Jordi Pujol
y Felipe González, juntos de nuevo.
Y los tres se sintieron satisfechos viendo la obra bien hecha,
la sucesión de Franco, la mano europea, paternal,
sobre nuestras cabezas,
la sucesión de Franco, las mantillas del franquismo
metidas en los armarios,
chillando de envidia y respirando naftalina muy blanca.
Y Juan Carlos I cargando con España,
porque quién si no cargaría con España,
con la historia de España, el sello papal en el dedo meñique.
Y Zapatero con su Sonsoles, voluptuosa, sonriente,
su tipo le hubiera gustado a Baudelaire o a Julio Romero.
Sonsoles parecía un Delacroix:
la anatómica Libertad guiando al pueblo,
pamelas vistosas, el rito político,
la aburrida historia,
los pechos caídos.
Y socialistas y liberales y ultramontanos juntos,
la izquierda y la derecha maridadas,
las nóminas engrandecidas hasta la saciedad,
buscando lo mismo todos, un Delacroix parecía Sonsoles,
la nueva reina de España,
del reparto de los despachos, las glorias, los oros laicos.
Ateos convertidos bajo el fulgor de las pamelas,
creyentes con el billetero ateo.
El poder en todo tiempo siempre igual a sí mismo.
La historia humana en todo tiempo como ya fue hace tiempo.
El mismo tiempo siempre.
Repitiéndose la esencia de España, la esencia del mundo grande.
Y nosotros bebiendo en el Actur, al lado de las grúas y del Hipercor,
felices de que nos dejen beber este vino
frío en una copa medio limpia, felices
de poder pagar este vino y dos más.
Y la palidez privada de la reina Rania de Jordania.
Y la lluvia.

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